/ martes 31 de diciembre de 2019

“Biblioteca de la periferia”

Juan Carlos Quirarte Méndez

Salesiano, sacerdote. Doctor en Antropología Social

“La violencia económica”

Cuando escuchamos sobre las violencias en nuestros contextos solemos traer a nuestra mente un sinfín de imágenes y representaciones, pero quizá de entre las primeras que suele venir a nuestra mente es la violencia física; aquella que va desde un golpe hasta la más terrible que es la del homicidio.

Pero sabemos que no es la única, podemos hablar de diversas formas de violencias y señalar entre otras a la violencia emocional, la violencia sexual, la violencia económica… Y es de ésta última de la que quisiera hoy ahondar un poco más.

La violencia económica muchas veces no suele ser percibida, no porque no se dé o porque no sea grave ni significativa, sino que no se menciona mucho de ella porque en muchos de nuestros contextos pareciera invisibilizada, pero por cuestiones de estar casi “normalizada”, pues se nos ha “acostumbrado” a suponer que las cosas son así. Pero en realidad nuestras sociedades contemporáneas ejercen mucha violencia económica sobre sus propios inquilinos.

La violencia económica, a diferencia de la violencia física, no suele ser tan evidente a primera vista, pareciera que es parte de un sistema y que, por lo tanto, está aceptada y apropiada por el grupo social que la padece. Incluso la violencia económica pareciera no tener rostro culpable. Es como si fuera cómplice de una situación y que establecieran un código de aceptación e incluso de resignación. Y otro rostro complicado de la violencia económica es que también engloba y absorbe otras violencias, destacando entre ellas a la violencia de género.

¿Qué es, pues, esa violencia económica que muestra ese rostro terrorífico al ser desenmascarada? Más que una definición me permito mostrar algunas facetas de esta manera de violentar…

Se tiene violencia económica cuando no se retribuye lo correspondiente al trabajo realizado por los sujetos implicados, o de otra manera; cuando se prioriza el capital por encima de la persona. Hay violencia económica cuando no se reconoce el trabajo que se realiza en el hogar y, por no tener remuneración económica, no se le da el valor ni el reconocimiento de quien estuvo atendiendo todas esas labores domésticas; se da violencia económica cuando en un hogar trabaja la pareja pero uno de ellos se compensa parte de su salario para sus gustos personales mientras exige a la otra parte que su remuneración vaya para los gastos del hogar; se ejerce violencia económica cuando se da un salario diverso por razones de género, o cuando ciertos puestos laborales están determinados no por sus competencias sino por sus relaciones y empujes de influencia. Se da violencia económica cuando la sociedad ofrece poco a sus conciudadanos pero a la vez favorece y promueve un consumismo exacerbado que va más allá de los alcances del público receptor de dichas campañas publicitarias; se da violencia económica cuando no existen ofertas laborales que respondan a las vocaciones y preparaciones académicas de los jóvenes que estuvieron preparándose para ese universo laboral; se desarrolla una violencia económica cuando se instalan ofertas laborales que suelen ser enajenantes para los empleados y cuyos salarios son sumamente precarios respecto a las demandas ordinarias para una vida digna y que exigen duplicar turnos para poder satisfacer sus mínimos indispensables del hogar.

Se da, en fin, una violencia económica cuando en un mismo espacio social se conviven los abismos de una pequeña comunidad opulenta al lado de una comunidad en miseria. Donde el que no tiene para lo mínimo puede mirar tan cerca y ser espectador de quien vive en la abundancia y sólo suspirar por estar tan cerca, pero a la vez tan lejos. Donde muchos se sienten descartados por no ser ya “productivos” en una sociedad que exige continua y permanente actualización y puesta al día.

La violencia económica es, quizá, el principal artífice de la construcción de la violencia estructural en la que vivimos. Y tristemente es de entre las violencias, la que muchas veces no se cuestiona, porque la perversidad social nos hace normalizarla y tenerla como parte de un paisaje instalado, donde ni unos ni otros ya suelen cuestionarla y, quien se atreva, es tachado de amarillista y comunista.

La violencia económica ha llevado a exacerbar la violencia de género, pues suele afectar preponderantemente al género femenino por la instalación socio-cultural de colocar a la mujer en las labores domésticas (aunque también esté empleada) y no se le reconozca como trabajo por no ser remunerativo en capital, así como de favorecer más el empleo masculino y/o colocar en ellos -todavía- puestos de liderazgo.

Alienta también a la violencia emocional, porque da menos reconocimiento a unos, que igual trabajan que otros, pero no se les agradece, ni se les premia, ni se les conforta. Inclusive el clasismo basado en los títulos académicos o los títulos de tal o cual cargo o puesto en la empresa hace que en muchos se minusvalore su posición que ciertamente es importante y necesaria para la dignificación de la persona, como lo es el trabajo en sí mismo. Y afecta a otros más porque terminan siendo objetos de burla o menosprecio.

A veces pienso que se habla menos de la violencia económica que de las otras, porque es la que toca los intereses de quienes conviene que las cosas sigan como están… aunque lamenten las violencias físicas y en ellas quieran volcar la atención… Mientras no se busquen formas de atacar esas violencias económicas seguiremos lamentando cada vez más esas otras violencias que ciertamente son también drásticas, pero que en el fondo suelen ser el rostro tangible de una a veces sutil, callada, discreta y muy amorfa forma de violentar a la sociedad con el yugo de la explotación del hombre por el hombre.

Juan Carlos Quirarte Méndez

Salesiano, sacerdote. Doctor en Antropología Social

“La violencia económica”

Cuando escuchamos sobre las violencias en nuestros contextos solemos traer a nuestra mente un sinfín de imágenes y representaciones, pero quizá de entre las primeras que suele venir a nuestra mente es la violencia física; aquella que va desde un golpe hasta la más terrible que es la del homicidio.

Pero sabemos que no es la única, podemos hablar de diversas formas de violencias y señalar entre otras a la violencia emocional, la violencia sexual, la violencia económica… Y es de ésta última de la que quisiera hoy ahondar un poco más.

La violencia económica muchas veces no suele ser percibida, no porque no se dé o porque no sea grave ni significativa, sino que no se menciona mucho de ella porque en muchos de nuestros contextos pareciera invisibilizada, pero por cuestiones de estar casi “normalizada”, pues se nos ha “acostumbrado” a suponer que las cosas son así. Pero en realidad nuestras sociedades contemporáneas ejercen mucha violencia económica sobre sus propios inquilinos.

La violencia económica, a diferencia de la violencia física, no suele ser tan evidente a primera vista, pareciera que es parte de un sistema y que, por lo tanto, está aceptada y apropiada por el grupo social que la padece. Incluso la violencia económica pareciera no tener rostro culpable. Es como si fuera cómplice de una situación y que establecieran un código de aceptación e incluso de resignación. Y otro rostro complicado de la violencia económica es que también engloba y absorbe otras violencias, destacando entre ellas a la violencia de género.

¿Qué es, pues, esa violencia económica que muestra ese rostro terrorífico al ser desenmascarada? Más que una definición me permito mostrar algunas facetas de esta manera de violentar…

Se tiene violencia económica cuando no se retribuye lo correspondiente al trabajo realizado por los sujetos implicados, o de otra manera; cuando se prioriza el capital por encima de la persona. Hay violencia económica cuando no se reconoce el trabajo que se realiza en el hogar y, por no tener remuneración económica, no se le da el valor ni el reconocimiento de quien estuvo atendiendo todas esas labores domésticas; se da violencia económica cuando en un hogar trabaja la pareja pero uno de ellos se compensa parte de su salario para sus gustos personales mientras exige a la otra parte que su remuneración vaya para los gastos del hogar; se ejerce violencia económica cuando se da un salario diverso por razones de género, o cuando ciertos puestos laborales están determinados no por sus competencias sino por sus relaciones y empujes de influencia. Se da violencia económica cuando la sociedad ofrece poco a sus conciudadanos pero a la vez favorece y promueve un consumismo exacerbado que va más allá de los alcances del público receptor de dichas campañas publicitarias; se da violencia económica cuando no existen ofertas laborales que respondan a las vocaciones y preparaciones académicas de los jóvenes que estuvieron preparándose para ese universo laboral; se desarrolla una violencia económica cuando se instalan ofertas laborales que suelen ser enajenantes para los empleados y cuyos salarios son sumamente precarios respecto a las demandas ordinarias para una vida digna y que exigen duplicar turnos para poder satisfacer sus mínimos indispensables del hogar.

Se da, en fin, una violencia económica cuando en un mismo espacio social se conviven los abismos de una pequeña comunidad opulenta al lado de una comunidad en miseria. Donde el que no tiene para lo mínimo puede mirar tan cerca y ser espectador de quien vive en la abundancia y sólo suspirar por estar tan cerca, pero a la vez tan lejos. Donde muchos se sienten descartados por no ser ya “productivos” en una sociedad que exige continua y permanente actualización y puesta al día.

La violencia económica es, quizá, el principal artífice de la construcción de la violencia estructural en la que vivimos. Y tristemente es de entre las violencias, la que muchas veces no se cuestiona, porque la perversidad social nos hace normalizarla y tenerla como parte de un paisaje instalado, donde ni unos ni otros ya suelen cuestionarla y, quien se atreva, es tachado de amarillista y comunista.

La violencia económica ha llevado a exacerbar la violencia de género, pues suele afectar preponderantemente al género femenino por la instalación socio-cultural de colocar a la mujer en las labores domésticas (aunque también esté empleada) y no se le reconozca como trabajo por no ser remunerativo en capital, así como de favorecer más el empleo masculino y/o colocar en ellos -todavía- puestos de liderazgo.

Alienta también a la violencia emocional, porque da menos reconocimiento a unos, que igual trabajan que otros, pero no se les agradece, ni se les premia, ni se les conforta. Inclusive el clasismo basado en los títulos académicos o los títulos de tal o cual cargo o puesto en la empresa hace que en muchos se minusvalore su posición que ciertamente es importante y necesaria para la dignificación de la persona, como lo es el trabajo en sí mismo. Y afecta a otros más porque terminan siendo objetos de burla o menosprecio.

A veces pienso que se habla menos de la violencia económica que de las otras, porque es la que toca los intereses de quienes conviene que las cosas sigan como están… aunque lamenten las violencias físicas y en ellas quieran volcar la atención… Mientras no se busquen formas de atacar esas violencias económicas seguiremos lamentando cada vez más esas otras violencias que ciertamente son también drásticas, pero que en el fondo suelen ser el rostro tangible de una a veces sutil, callada, discreta y muy amorfa forma de violentar a la sociedad con el yugo de la explotación del hombre por el hombre.

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