/ martes 14 de enero de 2020

“Biblioteca de la periferia”

Juan Carlos Quirarte Méndez

Salesiano, sacerdote. Doctor en Antropología Social

“Lo efímero y lo permanente”

Cuando yo era más jovencito -no hace muchos años, ha decir verdad- existían algunos géneros musicales que, al menos en mi entorno más inmediato, eran considerados “de periferia” por un grande sector que se comprendía poseedor de un poder para enjuiciar y clasificar lo “bueno” entre lo “nefasto”, lo “cursi” o lo “naco”, en fin: lo convencionalmente reconocido como para “gente bien” y separado de lo que se entendería como casi burlesco o socialmente rechazado por identificarlo con cierto sector de la sociedad que suele ser marginado. Los gustos en ciertos géneros musicales iban muy influenciados por el entorno inmediato. Lo que me llegó a sorprender es que muchos de estos géneros que eran desdeñados por un grande sector social, pasó en pocos años a ser un género musical buscado y promovido por aquel mismo grupo que lo menospreciaba. Una apreciación que marginaba e instalaba en periferia, en poco tiempo le instala al centro.

Pero esto no pasa sólo en la música, ciertos estilos de vestir, prendas de uso cotidiano y atuendos que sólo se ubicaban en ciertos grupos de hombres y mujeres, pasan de pronto a convertirse en ropas que no se emplean sólo por lo práctico y conveniente por lo que fueron confeccionadas, sino que ahora se instalan en un nivel llamado “de moda” y, por lo tanto, su plusvalía se incrementa notoriamente y es valorado ahora como una prenda de centro, no de periferia.

Con la comida es así, hubo sectores muy específicos que se hacía fácil distinguir su rol y “lugar” en la sociedad por el tipo de alimentación que tenía… comidas que eran la de los esclavos, o la de los obreros, o bien la del personal de servicio. Pasan los años y, sin saber específicamente cómo, llegan a tomarse estos alimentos en los otros sectores ya no cómo “denigrantes” ni como “pobres” sino como “exóticos” o “tradicionales” y, de ahí, un brinco a ser un platillo de aceptación y promoción de otros estratos sociales, ahora legitimados como parte del uso del grupo que sostiene el poder predominante (sobre todo porque es quien rige el valor de mercado).

Muchas de las cosas que yo veía en casa de mi abuela, tazas, platos y demás instrumentos de cocina y comedor, eran consideradas piezas muy humildes y de uso sencillo en esos momentos, pero hoy los puedo ver en restaurantes, cafés y demás espacios que están de moda y cuyos utensilios que son como los que utilizaba mi abuela y que eran muy accesibles, hoy su costo se ha incrementado de una manera casi surrealista.

Ahora a través de una globalización es que se trazan convencionalismos para darnos criterios de juicio sobre muchas de las cosas que nos marcan un estilo de vida. Las cosas cambian y a veces lo que cambia es la apreciación sobre las cosas, y lo que en algunos lugares en “bien visto” en otros es “rechazado”, aunque la fuerza de la globalización ha venido empujando a la homologación de criterios cada vez más amplios en las diversas sociedades, imperando o dominando algunos estilos sobre los otros. Así, hubo un tiempo en que los varones eran los que usaban calzado con tacón, en unas sociedades europeas de una época específica, y eran también los que usaban pelucas. Esto se juzgaría de un modo muy distinto en otros lugares y en otras épocas. Para muchas culturas y sociedades es de suma importancia que los varones se dejen su cabello largo y se tengan una gran trenza con sus largas cabelleras, mientras que en otros sitios exigen del varón un corte de cabello razo; o bien en lugares diversos y tiempos diversos podemos hallar que la más respetada para escuchar y atender sobre la sabiduría de la vida es a la persona de más edad, cuando en otros lugares y contextos le verían como a una persona que ya no es “productiva” y se convierte en una carga económica para el grupo social inmediato.

Con todo esto podemos llegar a entender lo importante de los tiempos y contextos para determinar cuándo algo es periférico y cuándo algo es de centro. Muchas cosas son cambiantes dependiendo qué valor les inyecte la sociedad en sus tiempos determinados. Mientras que existen otros elementos que han de considerarse invariablemente de centro y no de periferia, inalterablemente con los tiempos y las sociedades, la apreciación de todos debería de colocarlos en el centro y no marginarlos a la periferia. Me refiero, entre otros, a los valores intrínsecos de la persona como su dignidad, su valor en sí mismas que poseen por ser personas, su libertad.

Por cuestiones de gustos, de tendencias, de formas de aplicarse y valorarse en los contextos no deberíamos de pelear y desgastarnos, son partes de la misma realidad que se expresa en la diversidad. Pero sí que hay cosas que valen la pena luchar y que siempre estén al centro, ineludible e inalterablemente… y es la dignidad y sus derechos mismos de ser reconocidas como personas, indistintamente de sus diferencias para conmigo.

Juan Carlos Quirarte Méndez

Salesiano, sacerdote. Doctor en Antropología Social

“Lo efímero y lo permanente”

Cuando yo era más jovencito -no hace muchos años, ha decir verdad- existían algunos géneros musicales que, al menos en mi entorno más inmediato, eran considerados “de periferia” por un grande sector que se comprendía poseedor de un poder para enjuiciar y clasificar lo “bueno” entre lo “nefasto”, lo “cursi” o lo “naco”, en fin: lo convencionalmente reconocido como para “gente bien” y separado de lo que se entendería como casi burlesco o socialmente rechazado por identificarlo con cierto sector de la sociedad que suele ser marginado. Los gustos en ciertos géneros musicales iban muy influenciados por el entorno inmediato. Lo que me llegó a sorprender es que muchos de estos géneros que eran desdeñados por un grande sector social, pasó en pocos años a ser un género musical buscado y promovido por aquel mismo grupo que lo menospreciaba. Una apreciación que marginaba e instalaba en periferia, en poco tiempo le instala al centro.

Pero esto no pasa sólo en la música, ciertos estilos de vestir, prendas de uso cotidiano y atuendos que sólo se ubicaban en ciertos grupos de hombres y mujeres, pasan de pronto a convertirse en ropas que no se emplean sólo por lo práctico y conveniente por lo que fueron confeccionadas, sino que ahora se instalan en un nivel llamado “de moda” y, por lo tanto, su plusvalía se incrementa notoriamente y es valorado ahora como una prenda de centro, no de periferia.

Con la comida es así, hubo sectores muy específicos que se hacía fácil distinguir su rol y “lugar” en la sociedad por el tipo de alimentación que tenía… comidas que eran la de los esclavos, o la de los obreros, o bien la del personal de servicio. Pasan los años y, sin saber específicamente cómo, llegan a tomarse estos alimentos en los otros sectores ya no cómo “denigrantes” ni como “pobres” sino como “exóticos” o “tradicionales” y, de ahí, un brinco a ser un platillo de aceptación y promoción de otros estratos sociales, ahora legitimados como parte del uso del grupo que sostiene el poder predominante (sobre todo porque es quien rige el valor de mercado).

Muchas de las cosas que yo veía en casa de mi abuela, tazas, platos y demás instrumentos de cocina y comedor, eran consideradas piezas muy humildes y de uso sencillo en esos momentos, pero hoy los puedo ver en restaurantes, cafés y demás espacios que están de moda y cuyos utensilios que son como los que utilizaba mi abuela y que eran muy accesibles, hoy su costo se ha incrementado de una manera casi surrealista.

Ahora a través de una globalización es que se trazan convencionalismos para darnos criterios de juicio sobre muchas de las cosas que nos marcan un estilo de vida. Las cosas cambian y a veces lo que cambia es la apreciación sobre las cosas, y lo que en algunos lugares en “bien visto” en otros es “rechazado”, aunque la fuerza de la globalización ha venido empujando a la homologación de criterios cada vez más amplios en las diversas sociedades, imperando o dominando algunos estilos sobre los otros. Así, hubo un tiempo en que los varones eran los que usaban calzado con tacón, en unas sociedades europeas de una época específica, y eran también los que usaban pelucas. Esto se juzgaría de un modo muy distinto en otros lugares y en otras épocas. Para muchas culturas y sociedades es de suma importancia que los varones se dejen su cabello largo y se tengan una gran trenza con sus largas cabelleras, mientras que en otros sitios exigen del varón un corte de cabello razo; o bien en lugares diversos y tiempos diversos podemos hallar que la más respetada para escuchar y atender sobre la sabiduría de la vida es a la persona de más edad, cuando en otros lugares y contextos le verían como a una persona que ya no es “productiva” y se convierte en una carga económica para el grupo social inmediato.

Con todo esto podemos llegar a entender lo importante de los tiempos y contextos para determinar cuándo algo es periférico y cuándo algo es de centro. Muchas cosas son cambiantes dependiendo qué valor les inyecte la sociedad en sus tiempos determinados. Mientras que existen otros elementos que han de considerarse invariablemente de centro y no de periferia, inalterablemente con los tiempos y las sociedades, la apreciación de todos debería de colocarlos en el centro y no marginarlos a la periferia. Me refiero, entre otros, a los valores intrínsecos de la persona como su dignidad, su valor en sí mismas que poseen por ser personas, su libertad.

Por cuestiones de gustos, de tendencias, de formas de aplicarse y valorarse en los contextos no deberíamos de pelear y desgastarnos, son partes de la misma realidad que se expresa en la diversidad. Pero sí que hay cosas que valen la pena luchar y que siempre estén al centro, ineludible e inalterablemente… y es la dignidad y sus derechos mismos de ser reconocidas como personas, indistintamente de sus diferencias para conmigo.

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