/ martes 1 de diciembre de 2020

“Biblioteca de la periferia”

“Los enfoques de la periferia”

Solemos pensar, cuando se habla de acumulación, en el esquema del capitalismo, es decir; la suma constante y permanente de capital que se va conteniendo en la propiedad del individuo que la posee. Así pues, el sistema económico vigente y que predomina es aquel de considerar a la riqueza como el “acumulamiento de bienes”.

Esa acumulación si bien puede ser la aspiración de muchos, es lograda por unos pocos y, la mayoría de las veces, a costa de tantos. En este sentido -al referirme a la economía- he observado que su alternativa es la economía solidaria, aquella donde por riqueza se entiende el que “todos tengan lo necesario”. Un pensamiento y comprensión más comunitarista y menos individualista. No basta estar sólo yo bien, sino que es menester para sentirme rico saber que todos estamos bien.

Pero en el esquema de la violencia, tristemente también se da la estructura de la acumulación. Es decir, que cuando se ejerce la violencia no es lo mismo el sólo padecerla al también “acumular la violencia”. ¿Cómo es esto?

No es lo mismo ser pobre (que ya de por sí es fruto de una violencia estructural) a el que, además de padecer la condición de pobreza… se es mujer, indígena, lesbiana, madre sin pareja, campesina, sin escolaridad, migrante y no profesa de religión. Tampoco es lo mismo el recibir violencia una vez a estarla padeciendo de continuo, como tampoco es igual para quien sufre la violencia y no puede acceder a los sistemas de justicia. Pero por inverosímil que parezca, hay muchas personas que acumulan muchas de estas características recién señaladas. Que, obviamente, no son pobrezas en sí mismas, sino que sus condiciones han sido puestas en desventaja social. ¡Hay periferia dentro de la misma periferia!

Esto puede llevar a reflexionar que pensar las violencias, las vulnerabilidades, las pobrezas, son entendidas y sobre todo padecidas diversamente, con respecto al lugar en que estemos situados. Y no me refiero aquí solamente al lugar-espacio sino sobre todo a la condición. Ser varón o ser mujer, ser heterosexual u homosexual, vivir en condición económica que es capaz de acumular o desde la sobrevivencia diaria, en ciudad o en el campo, con escolaridad o en ausencia de ella, en su propio territorio o siendo extranjero, satisfecho o con hambre.

De ahí la grande urgencia de la empatía en el pensamiento, el ejercicio bondadoso de “ponerse en el lugar del otro”, al menos desde el punto de vista epistemológico, donde la manera de entender el contexto y buscar emitir un juicio tenga por antesala la mirada desde la otra perspectiva. Es muy fácil pensar y expresar los grandes ideales estando en un posicionamiento privilegiado, y muy tentador incluso el poder acusar al resto que piense diferente.

En una sociedad que se ha conformado en el paso del tiempo en una sociedad que prioriza un género sobre otro, alguna religión sobre otras, razas o países por sobre los otros, urge el que podamos desaprender muchas cosas que arraigamos y que sabemos son injustas, que tengamos el coraje de soltar aquello a lo que nos aferramos porque es lo “socialmente aceptado” aunque sabemos que sigue acentuando las desigualdades.

Triste que a veces aprendamos a degustar del dolor ajeno, que alimentemos el morbo con el sufrimiento del otro, que nuestro entretenimiento se base en el culto al dominio de unos sobre otros. Aunque pareciera desolador un panorama así, sabemos que la humanidad, mientras exista, también puede tener el coraje de volver a trazar los rumbos para los cuales se ha forjado, a saber: la de que todos nos sintamos miembros iguales de la casa común.

“Los enfoques de la periferia”

Solemos pensar, cuando se habla de acumulación, en el esquema del capitalismo, es decir; la suma constante y permanente de capital que se va conteniendo en la propiedad del individuo que la posee. Así pues, el sistema económico vigente y que predomina es aquel de considerar a la riqueza como el “acumulamiento de bienes”.

Esa acumulación si bien puede ser la aspiración de muchos, es lograda por unos pocos y, la mayoría de las veces, a costa de tantos. En este sentido -al referirme a la economía- he observado que su alternativa es la economía solidaria, aquella donde por riqueza se entiende el que “todos tengan lo necesario”. Un pensamiento y comprensión más comunitarista y menos individualista. No basta estar sólo yo bien, sino que es menester para sentirme rico saber que todos estamos bien.

Pero en el esquema de la violencia, tristemente también se da la estructura de la acumulación. Es decir, que cuando se ejerce la violencia no es lo mismo el sólo padecerla al también “acumular la violencia”. ¿Cómo es esto?

No es lo mismo ser pobre (que ya de por sí es fruto de una violencia estructural) a el que, además de padecer la condición de pobreza… se es mujer, indígena, lesbiana, madre sin pareja, campesina, sin escolaridad, migrante y no profesa de religión. Tampoco es lo mismo el recibir violencia una vez a estarla padeciendo de continuo, como tampoco es igual para quien sufre la violencia y no puede acceder a los sistemas de justicia. Pero por inverosímil que parezca, hay muchas personas que acumulan muchas de estas características recién señaladas. Que, obviamente, no son pobrezas en sí mismas, sino que sus condiciones han sido puestas en desventaja social. ¡Hay periferia dentro de la misma periferia!

Esto puede llevar a reflexionar que pensar las violencias, las vulnerabilidades, las pobrezas, son entendidas y sobre todo padecidas diversamente, con respecto al lugar en que estemos situados. Y no me refiero aquí solamente al lugar-espacio sino sobre todo a la condición. Ser varón o ser mujer, ser heterosexual u homosexual, vivir en condición económica que es capaz de acumular o desde la sobrevivencia diaria, en ciudad o en el campo, con escolaridad o en ausencia de ella, en su propio territorio o siendo extranjero, satisfecho o con hambre.

De ahí la grande urgencia de la empatía en el pensamiento, el ejercicio bondadoso de “ponerse en el lugar del otro”, al menos desde el punto de vista epistemológico, donde la manera de entender el contexto y buscar emitir un juicio tenga por antesala la mirada desde la otra perspectiva. Es muy fácil pensar y expresar los grandes ideales estando en un posicionamiento privilegiado, y muy tentador incluso el poder acusar al resto que piense diferente.

En una sociedad que se ha conformado en el paso del tiempo en una sociedad que prioriza un género sobre otro, alguna religión sobre otras, razas o países por sobre los otros, urge el que podamos desaprender muchas cosas que arraigamos y que sabemos son injustas, que tengamos el coraje de soltar aquello a lo que nos aferramos porque es lo “socialmente aceptado” aunque sabemos que sigue acentuando las desigualdades.

Triste que a veces aprendamos a degustar del dolor ajeno, que alimentemos el morbo con el sufrimiento del otro, que nuestro entretenimiento se base en el culto al dominio de unos sobre otros. Aunque pareciera desolador un panorama así, sabemos que la humanidad, mientras exista, también puede tener el coraje de volver a trazar los rumbos para los cuales se ha forjado, a saber: la de que todos nos sintamos miembros iguales de la casa común.