/ lunes 24 de febrero de 2020

Cambiar la educación para cambiar el mundo

Pensar, analizar, inventar, no son actos anómalos, son la natural respiración de la inteligencia. Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas, y entiendo que en el porvenir lo será Jorge Luis Borges

Hace ya más de 50 años que en mi casa el tema de la educación era una preocupación seria de mis papás. Mi mamá, había sido maestra cuando soltera en una escuela confesional de la ciudad, por lo que conocía muy de cerca el equivocado enfoque que históricamente se le ha dado a la educación en nuestro país. Sabía que no quería eso para sus hijos y comenzó a investigar. Fue así que conoció la escuela activa a través del método Montessori. Eso cambiaría nuestra vida y la de muchos otros niños en la ciudad que desde 1974 han tenido la increíble oportunidad de recibir una educación de vanguardia.

Estoy convencido de que efectivamente la educación es y será nuestra mejor esperanza, pero no la educación tradicional que prevalece en nuestras escuelas y que se forma de un sistema global, anticuado y automatizado. Con buenas intenciones, trata de diseñar procesos y mejorarse continuamente, con las limitaciones propias de sus circunstancias, pero tristemente es la más obsoleta de nuestras instituciones, pues se basa en el equivocado concepto, como lo explica genialmente el gran humanista chileno Claudio Naranjo, de que enseñar es educar:el concepto de educación de meterle en la cabeza cosas a los niños en un supuesto de que el conocimiento lleva a la sabiduría es totalmente equivocado. Es todo lo contrario, no entendemos lo que es la ignorancia. La ignorancia no es no saber cosas sino no saber ver lo que pasa: es ceguera. Por esta misma ceguera colectiva no nos damos cuenta de que la educación les roba la vida a los jóvenes, los mete en una especie de cárceles en que los tienta con aprender muchas cosas que les van a servir pero en realidad la educación no enseña mas que a pasar exámenes, a llenar formularios… Educar es sacar de dentro, fomentar el desarrollo de lo que somos y aprender a aprender, aprender a convivir y especialmente aprender a ser.”

Es claro que la educación que reciben la mayoría de los mexicanos no educa. Se usa para replicarse fácilmente y produce frecuentemente personas incapaces de ser felices. Nos priva de lo que podríamos ser. La escuela activa, en cambio, educa para la vida porque educa con el corazón, educa en el amor permitiendo a los niños crecer en un ambiente de tranquilidad fomentando su curiosidad natural, su deseo de aprender. Esta difícil tarea demanda libertad pero, a la par, es su garantía más firme. Como lo señaló el español Manuel Azaña: “La libertad no hace felices a los hombres; los hace simplemente hombres”.

Educación y libertad espiritual están de tal manera ligadas que no se concibe a la una sin la otra. La libertad permite el florecimiento de la educación y la educación hace posible comprender la libertad en su cabal dimensión. Pero ¿cómo encontrar el camino que nos lleve a la realización de tan ardua tarea? Afortunadamente a principios del siglo pasado, la doctora María Montessori nos señaló un rumbo alternativo: más que un proceso de información, la educación debe concebirse como descubrimiento, exploración, asimilación y creación de valores, métodos y lenguajes.

La educación es el desarrollo formativo que le permite al niño crear sus propios valores. La tarea de crear hombres, o mejor dicho, de contribuir a que ellos se formen a sí mismos; implica ofrecerles un camino en el que se convenzan de que vale la pena pagar el precio de la libertad y la justicia. Su costo es a la postre menor de aquel que significa su pérdida y ulterior recuperación.

Tenemos que construir juntos este nuevo concepto de educación activa, en el que la razón, la sensibilidad, la voluntad, las capacidades físicas, la aptitud para la relación social, se encuentren tan armoniosamente combinadas que respeten la manera de ser de cada quién y estén simultáneamente adaptadas a las exigencias temporales y espaciales propias del mundo en constante y vertiginoso proceso de cambio que nos ha tocado vivir.

Esta educación en la cual el hombre se encuentra frecuentemente a sí mismo, es aquella en la que se enseña no sólo la lógica de las matemáticas sino el calor humano que de su ejercicio se desprende; se enseña tanto la utilidad de la letra como su belleza; el dominio de la palabra, del número y del dibujo; el poder indestructible de las ideas, la sutileza de la apreciación estética, la emoción de nuestra difícil geografía y el sentido y poder dialéctico de la historia.

Lo dijo Francisco Sánchez en el siglo XVI: “Lo que se enseña no tiene más virtud que la que recibe quien lo enseña”.

Nosotros, educadores y padres de familia, tenemos pendientes muchas obras grandes, medianas y pequeñas; la mayor de ellas es educar a nuestros hijos en la libertad, la seguridad, la justicia y la moral de su propia dignidad, para hacer de ellos hombres libres y mejores ciudadanos de lo que hemos sido nosotros.




Pensar, analizar, inventar, no son actos anómalos, son la natural respiración de la inteligencia. Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas, y entiendo que en el porvenir lo será Jorge Luis Borges

Hace ya más de 50 años que en mi casa el tema de la educación era una preocupación seria de mis papás. Mi mamá, había sido maestra cuando soltera en una escuela confesional de la ciudad, por lo que conocía muy de cerca el equivocado enfoque que históricamente se le ha dado a la educación en nuestro país. Sabía que no quería eso para sus hijos y comenzó a investigar. Fue así que conoció la escuela activa a través del método Montessori. Eso cambiaría nuestra vida y la de muchos otros niños en la ciudad que desde 1974 han tenido la increíble oportunidad de recibir una educación de vanguardia.

Estoy convencido de que efectivamente la educación es y será nuestra mejor esperanza, pero no la educación tradicional que prevalece en nuestras escuelas y que se forma de un sistema global, anticuado y automatizado. Con buenas intenciones, trata de diseñar procesos y mejorarse continuamente, con las limitaciones propias de sus circunstancias, pero tristemente es la más obsoleta de nuestras instituciones, pues se basa en el equivocado concepto, como lo explica genialmente el gran humanista chileno Claudio Naranjo, de que enseñar es educar:el concepto de educación de meterle en la cabeza cosas a los niños en un supuesto de que el conocimiento lleva a la sabiduría es totalmente equivocado. Es todo lo contrario, no entendemos lo que es la ignorancia. La ignorancia no es no saber cosas sino no saber ver lo que pasa: es ceguera. Por esta misma ceguera colectiva no nos damos cuenta de que la educación les roba la vida a los jóvenes, los mete en una especie de cárceles en que los tienta con aprender muchas cosas que les van a servir pero en realidad la educación no enseña mas que a pasar exámenes, a llenar formularios… Educar es sacar de dentro, fomentar el desarrollo de lo que somos y aprender a aprender, aprender a convivir y especialmente aprender a ser.”

Es claro que la educación que reciben la mayoría de los mexicanos no educa. Se usa para replicarse fácilmente y produce frecuentemente personas incapaces de ser felices. Nos priva de lo que podríamos ser. La escuela activa, en cambio, educa para la vida porque educa con el corazón, educa en el amor permitiendo a los niños crecer en un ambiente de tranquilidad fomentando su curiosidad natural, su deseo de aprender. Esta difícil tarea demanda libertad pero, a la par, es su garantía más firme. Como lo señaló el español Manuel Azaña: “La libertad no hace felices a los hombres; los hace simplemente hombres”.

Educación y libertad espiritual están de tal manera ligadas que no se concibe a la una sin la otra. La libertad permite el florecimiento de la educación y la educación hace posible comprender la libertad en su cabal dimensión. Pero ¿cómo encontrar el camino que nos lleve a la realización de tan ardua tarea? Afortunadamente a principios del siglo pasado, la doctora María Montessori nos señaló un rumbo alternativo: más que un proceso de información, la educación debe concebirse como descubrimiento, exploración, asimilación y creación de valores, métodos y lenguajes.

La educación es el desarrollo formativo que le permite al niño crear sus propios valores. La tarea de crear hombres, o mejor dicho, de contribuir a que ellos se formen a sí mismos; implica ofrecerles un camino en el que se convenzan de que vale la pena pagar el precio de la libertad y la justicia. Su costo es a la postre menor de aquel que significa su pérdida y ulterior recuperación.

Tenemos que construir juntos este nuevo concepto de educación activa, en el que la razón, la sensibilidad, la voluntad, las capacidades físicas, la aptitud para la relación social, se encuentren tan armoniosamente combinadas que respeten la manera de ser de cada quién y estén simultáneamente adaptadas a las exigencias temporales y espaciales propias del mundo en constante y vertiginoso proceso de cambio que nos ha tocado vivir.

Esta educación en la cual el hombre se encuentra frecuentemente a sí mismo, es aquella en la que se enseña no sólo la lógica de las matemáticas sino el calor humano que de su ejercicio se desprende; se enseña tanto la utilidad de la letra como su belleza; el dominio de la palabra, del número y del dibujo; el poder indestructible de las ideas, la sutileza de la apreciación estética, la emoción de nuestra difícil geografía y el sentido y poder dialéctico de la historia.

Lo dijo Francisco Sánchez en el siglo XVI: “Lo que se enseña no tiene más virtud que la que recibe quien lo enseña”.

Nosotros, educadores y padres de familia, tenemos pendientes muchas obras grandes, medianas y pequeñas; la mayor de ellas es educar a nuestros hijos en la libertad, la seguridad, la justicia y la moral de su propia dignidad, para hacer de ellos hombres libres y mejores ciudadanos de lo que hemos sido nosotros.




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