/ sábado 17 de octubre de 2020

De adicto a ADICTO

¡Que bonita familia!

Descuido o ignorancia

Hemos perdido la capacidad de asombro, perdimos lo más esencial, el respeto hacia nosotros mismos, hacia la familia, la decadencia de los valores, el derrumbe de los principios, la ausencia de la moral y las buenas costumbres han sido tan solo el principio del derrumbe de esa avalancha que viene bajando la cordillera de Los Andes formando una inmensa bola de nieve, bajando a una gran velocidad y que cada segundo, crece y crece, arrastrando a su ritmo, todo aquello que se le pone enfrente, como el futuro y el presente de la familia, arrastrando al precipicio a seres inocentes, víctimas de la decadencia de la sociedad, que ha iniciado en la desintegración familiar y a pesar de las consecuencias crueles, drásticas, no nos queremos dar cuenta de la crisis existencial que se refleja en todos lados, no hay quien escape de las enfermedades emocionales, poco se sabe de lo que es la codependencia, nula atención merece la depresión colectiva, incluso la gravedad del alcoholismo en niños y jóvenes , peor aún, la drogadicción, múltiples sustancias de gran variedad y peligrosidad que se roban la inocencia, el presente y el futuro de victimas abandonadas por sí mismas y por ende, de sus familiares, el laberinto de las adicciones, tiene principio, pero no tiene fin, es un abismo profundo y negro hacia el infierno, es muy fácil entrar, pero sumamente difícil, mas no imposible salir del hoyo, es muy triste, pero estamos en la calle, sentados, contemplando como se desmorona lo más sagrado, que se supone, pudiera ser, la familia.

El puente roto de la comunicación, padres e hijos

Hay padres muy trabajadores, excelentes proveedores que les dan todo a sus hijos, pero son adictos al trabajo, distantes, apasionados, dedicados con un enorme ego a sus ocupaciones y son farol de la calle, obscuridad de la casa, se complica la existencia con sus obsesiones y deseos personales, abandonan por completo a la familia, nula convivencia con los hijos, entran a la rutina de la indiferencia, surgen infinidad de problemas emocionales que afectan a los niños, ellos, los esposos, hacen un pacto inconsciente a ver cuál de los dos, o ambos le hacen más daño a las criaturas, las múltiples ocupaciones, en esa nefasta rutina de mantenerse lejos de los sentimientos y de la vida de los niños, la crisis familiar provoca fuerzas destructivas, conflictos, arranques de ira, decepciones, mentiras, infidelidades y finalmente, la definitiva rotura del matrimonio, el rotundo fracaso en un divorcio, a veces, conflictivo, complicado, pero jamás cordial, donde nadie gana, todos pierden, pocos ven la rebanada del pastel de culpa y responsabilidad que le corresponde, parece mentiras, pero nos volvemos expertos en lavarnos las manos ante la irresponsabilidad de nuestras conductas toxicas, otras parejas se acostumbran a vivir en el drenaje, soportan todo, no cesan los conflictos y los daños en los hijos, son irreversibles, son infinidad de factores que entorpecen ese puente de comprensión y de comunicación entre ellos y los hijos. Todos salen de la tormenta severamente dañados y luego, la pregunta ingenua, por demás ignorante.- Ernesto, ni mi esposo, ni yo, fumamos marihuana, porque mi hijo se hizo marihuano. No hay peor ciego, como el que no quiere ver y lo que sucede, es que estos niños, ahora de esposos, adultos con hijos, fueron de pequeños muy dañados, sin saberlo, heredaron una enfermedad emocional que es una herencia genética que se ha venido trasmitiendo de una generación a otra, a veces por soberbia, por la misma enfermedad, pocos son los que tienen la humildad de buscar ayuda y así le dan largas al asunto, haciendo, el cuento de nunca acabar.

El reflejo de la nula convivencia

Hay en muchos casos, una tensa y austera comunicación entre algunos padres y sus hijos, no saben discutir, hablan con rabia, enojados, gritan y se enganchan, montándose cada quien en su macho y de ahí no se bajan, son platicas de tercos, discusiones, a veces sin sentido, sin razón, muchos padres, han perdido no solo la autoridad ante sus hijos, sino también, tienen perdido el respeto, hay un abandono en todos los sentidos, donde no hay solución, nadie quiere dar su brazo a torcer y es una costumbre que no se fomentó a tiempo, por el contrario, estos niños, ingobernables , groseros, crecieron con una herida profunda en el alma, que es el abandono, por ende el rechazo y antes los enojos, fueron humillados, ridiculizados, mal educados.- Cada quien cosecha lo que siembra y quien siembra vientos, cosecha tempestades, luego a los 16 años, en adelante, la relación padre e hijo, madre e hijo, es un caos total, el hogar, se convierte en un campo de batalla, una guerra de vanidades, las recamaras y algunos espacios se convierte en aislamiento, se refugian en los aparatos electrónicos, apartándose de la convivencia y por supuesto, muy lejos de una buena comunicación, solo hablan para discutir, echarse culpas los unos a los otros, estos niños se convierten en vagos, por desgracia tocan y abren las puertas falsas, malas amistades, adicciones y conductas toxicas, se abandonan de sí mismos, claudican sus estudios, se prenden, primero de las cervezas, luego marihuana y clonacepanes, posteriormente llegan al cristal y ahí se hunden, arruinando su propia vida y la de muchas personas que viven a su alrededor, se pagan las consecuencias que genera un hogar disfuncional y estos niños, víctimas de la enfermedad emocional, sufren de soledad, frustración y depresión, entran a un callejón sin salida, te puedes divorciar de tu pareja, cambiándola por otra, pero de tu hijo no puedes divorciarte y por soberbia, ignorancia los padres cometen sendos errores, la ruina extermina la motivación y las ganas de tener una reconciliación, un buen arreglo, a veces ya es demasiado tarde, las garras de las malditas drogas, ya hicieron lo suyo y por desgracia, ya es demasiado tarde.


¡Que bonita familia!

Descuido o ignorancia

Hemos perdido la capacidad de asombro, perdimos lo más esencial, el respeto hacia nosotros mismos, hacia la familia, la decadencia de los valores, el derrumbe de los principios, la ausencia de la moral y las buenas costumbres han sido tan solo el principio del derrumbe de esa avalancha que viene bajando la cordillera de Los Andes formando una inmensa bola de nieve, bajando a una gran velocidad y que cada segundo, crece y crece, arrastrando a su ritmo, todo aquello que se le pone enfrente, como el futuro y el presente de la familia, arrastrando al precipicio a seres inocentes, víctimas de la decadencia de la sociedad, que ha iniciado en la desintegración familiar y a pesar de las consecuencias crueles, drásticas, no nos queremos dar cuenta de la crisis existencial que se refleja en todos lados, no hay quien escape de las enfermedades emocionales, poco se sabe de lo que es la codependencia, nula atención merece la depresión colectiva, incluso la gravedad del alcoholismo en niños y jóvenes , peor aún, la drogadicción, múltiples sustancias de gran variedad y peligrosidad que se roban la inocencia, el presente y el futuro de victimas abandonadas por sí mismas y por ende, de sus familiares, el laberinto de las adicciones, tiene principio, pero no tiene fin, es un abismo profundo y negro hacia el infierno, es muy fácil entrar, pero sumamente difícil, mas no imposible salir del hoyo, es muy triste, pero estamos en la calle, sentados, contemplando como se desmorona lo más sagrado, que se supone, pudiera ser, la familia.

El puente roto de la comunicación, padres e hijos

Hay padres muy trabajadores, excelentes proveedores que les dan todo a sus hijos, pero son adictos al trabajo, distantes, apasionados, dedicados con un enorme ego a sus ocupaciones y son farol de la calle, obscuridad de la casa, se complica la existencia con sus obsesiones y deseos personales, abandonan por completo a la familia, nula convivencia con los hijos, entran a la rutina de la indiferencia, surgen infinidad de problemas emocionales que afectan a los niños, ellos, los esposos, hacen un pacto inconsciente a ver cuál de los dos, o ambos le hacen más daño a las criaturas, las múltiples ocupaciones, en esa nefasta rutina de mantenerse lejos de los sentimientos y de la vida de los niños, la crisis familiar provoca fuerzas destructivas, conflictos, arranques de ira, decepciones, mentiras, infidelidades y finalmente, la definitiva rotura del matrimonio, el rotundo fracaso en un divorcio, a veces, conflictivo, complicado, pero jamás cordial, donde nadie gana, todos pierden, pocos ven la rebanada del pastel de culpa y responsabilidad que le corresponde, parece mentiras, pero nos volvemos expertos en lavarnos las manos ante la irresponsabilidad de nuestras conductas toxicas, otras parejas se acostumbran a vivir en el drenaje, soportan todo, no cesan los conflictos y los daños en los hijos, son irreversibles, son infinidad de factores que entorpecen ese puente de comprensión y de comunicación entre ellos y los hijos. Todos salen de la tormenta severamente dañados y luego, la pregunta ingenua, por demás ignorante.- Ernesto, ni mi esposo, ni yo, fumamos marihuana, porque mi hijo se hizo marihuano. No hay peor ciego, como el que no quiere ver y lo que sucede, es que estos niños, ahora de esposos, adultos con hijos, fueron de pequeños muy dañados, sin saberlo, heredaron una enfermedad emocional que es una herencia genética que se ha venido trasmitiendo de una generación a otra, a veces por soberbia, por la misma enfermedad, pocos son los que tienen la humildad de buscar ayuda y así le dan largas al asunto, haciendo, el cuento de nunca acabar.

El reflejo de la nula convivencia

Hay en muchos casos, una tensa y austera comunicación entre algunos padres y sus hijos, no saben discutir, hablan con rabia, enojados, gritan y se enganchan, montándose cada quien en su macho y de ahí no se bajan, son platicas de tercos, discusiones, a veces sin sentido, sin razón, muchos padres, han perdido no solo la autoridad ante sus hijos, sino también, tienen perdido el respeto, hay un abandono en todos los sentidos, donde no hay solución, nadie quiere dar su brazo a torcer y es una costumbre que no se fomentó a tiempo, por el contrario, estos niños, ingobernables , groseros, crecieron con una herida profunda en el alma, que es el abandono, por ende el rechazo y antes los enojos, fueron humillados, ridiculizados, mal educados.- Cada quien cosecha lo que siembra y quien siembra vientos, cosecha tempestades, luego a los 16 años, en adelante, la relación padre e hijo, madre e hijo, es un caos total, el hogar, se convierte en un campo de batalla, una guerra de vanidades, las recamaras y algunos espacios se convierte en aislamiento, se refugian en los aparatos electrónicos, apartándose de la convivencia y por supuesto, muy lejos de una buena comunicación, solo hablan para discutir, echarse culpas los unos a los otros, estos niños se convierten en vagos, por desgracia tocan y abren las puertas falsas, malas amistades, adicciones y conductas toxicas, se abandonan de sí mismos, claudican sus estudios, se prenden, primero de las cervezas, luego marihuana y clonacepanes, posteriormente llegan al cristal y ahí se hunden, arruinando su propia vida y la de muchas personas que viven a su alrededor, se pagan las consecuencias que genera un hogar disfuncional y estos niños, víctimas de la enfermedad emocional, sufren de soledad, frustración y depresión, entran a un callejón sin salida, te puedes divorciar de tu pareja, cambiándola por otra, pero de tu hijo no puedes divorciarte y por soberbia, ignorancia los padres cometen sendos errores, la ruina extermina la motivación y las ganas de tener una reconciliación, un buen arreglo, a veces ya es demasiado tarde, las garras de las malditas drogas, ya hicieron lo suyo y por desgracia, ya es demasiado tarde.