/ miércoles 11 de noviembre de 2020

El Juglar de la Red

Cuando veas las barbas de tu vecino cortar…

Las elecciones de Estados Unidos no solamente dejaron claro que la sociedad, en un primer momento, se deslumbra con el populismo, pero al ver sus efectos lo rechaza de inmediato; también fueron contundentes en lo referente a lo negativo que resulta para un gobernante polarizar a la sociedad, dividir en buenos y malos, pontificar sobre la base de una concepción personal sin considerar la existencia de otras opiniones, tan válidas y sustentadas como la propia.

Las elecciones en Estados Unidos no solamente fueron un voto para Joe Biden, el candidato del partido Demócrata que se alzó con la victoria; fueron un voto de rechazo, traducido en un duro revés para la política populista que aplicó el todavía presidente Donald Trump.

Durante cuatro años, el mundo fue testigo de una visión de gobierno que renegó de los problemas del cambio climático, arengó a una nación para que se erigiera sobre la base de sus miedos, estructuró una narrativa donde el nativismo y no la diversidad cultural era la base del desarrollo.

Esa falta de compromiso con el mundo y los cambios que lo alteran de manera negativa dio elementos para que otras naciones asumieran posturas similares. –“Si en Estados Unidos lo hacen, entonces está bien”, era el razonamiento de esos otros líderes.

En México, donde no podemos sustraernos a la gran influencia que ejerce nuestro vecino del norte, no fuimos inmunes a esa forma de pensamiento. El populismo también llegó al gobierno, lo hizo por la vía democrática y con un amplio respaldo popular, eso es innegable, pero también lo es el grado de polarización social y la enorme división social que se fomenta y atiza desde la figura del Presidente López Obrador.

Al gobierno de México le dolió la derrota de Donald Trump. No solamente es una cuestión anecdótica o circunstancial, en realidad es la caída de un amigo, no es mera cuestión de las buenas relaciones diplomáticas, también representa la pérdida de un aliado que convalidó una forma de pensar porque era coincidente.

El presidente López Obrador, sin medir consecuencias o riesgos se prestó para ayudar en la campaña de Donald Trump; su primer viaje al extranjero fue justamente a Estados Unidos, en plena campaña electoral y el 8 de julio intercambió elogios en Washington con el Presidente de Estados Unidos, pero además permitió que su imagen se utilizara en un spot propagandístico del Partido Republicano.

Para el presidente López Obrador la candidatura de Donald Trump era una cruzada personal, un amigo al que se debía ayudar, sin importar que las encuestas lo ubicaban muy lejos de triunfar. Se abandonó la diplomacia y la injerencia en la elección se hizo evidente al grado de molestar a los demócratas y a su candidato, Joe Biden.

Por eso, luego de conocer la tendencia irreversible que marcaba el triunfo del Candidato Democráta, el presidente López Obrador dejó pasar horas y horas para emitir la postura del gobierno de México y cuando lo hizo fue un total desatino.

Andrés Manuel López Obrador dijo en Tabasco que no felicitaría a Joe Biden porque la elección no estaba terminada y recordó que las “cargadas” eran una estrategia de validación por encima del sufragio popular.

La negativa de reconocer y felicitar al ganador, como marcan las normas de la diplomacia no solamente volvió a enfurecer a los demócratas, también alentó el discurso de fraude electoral que Donald Trump esgrime como causa de su derrota electoral.

El deseo personal de López Obrador de que Donald Trump ganara, se convirtió en acción proselitista a su favor y todavía después de la derrota sigue firme con su amigo y aliado; el problema es que durante los próximos cuatro años deberá enfrentar un gobierno que no avalara su política energética, que le va a cuestionar sus políticas públicas, que será hostil y poco amigable.

En ese escenario lo que se avizora es un discurso del gobierno mexicano donde se intensifiquen los señalamientos de injerencia, un afán golpista promovido por Estados Unidos y un recalcitrante discurso nacionalista para enfrentar al poderoso enemigo del Norte que puede ya no ser el gran aliado del gobierno, aunque sí puede ser el factor de respaldo al pueblo.

Cuando veas las barbas de tu vecino cortar…

Las elecciones de Estados Unidos no solamente dejaron claro que la sociedad, en un primer momento, se deslumbra con el populismo, pero al ver sus efectos lo rechaza de inmediato; también fueron contundentes en lo referente a lo negativo que resulta para un gobernante polarizar a la sociedad, dividir en buenos y malos, pontificar sobre la base de una concepción personal sin considerar la existencia de otras opiniones, tan válidas y sustentadas como la propia.

Las elecciones en Estados Unidos no solamente fueron un voto para Joe Biden, el candidato del partido Demócrata que se alzó con la victoria; fueron un voto de rechazo, traducido en un duro revés para la política populista que aplicó el todavía presidente Donald Trump.

Durante cuatro años, el mundo fue testigo de una visión de gobierno que renegó de los problemas del cambio climático, arengó a una nación para que se erigiera sobre la base de sus miedos, estructuró una narrativa donde el nativismo y no la diversidad cultural era la base del desarrollo.

Esa falta de compromiso con el mundo y los cambios que lo alteran de manera negativa dio elementos para que otras naciones asumieran posturas similares. –“Si en Estados Unidos lo hacen, entonces está bien”, era el razonamiento de esos otros líderes.

En México, donde no podemos sustraernos a la gran influencia que ejerce nuestro vecino del norte, no fuimos inmunes a esa forma de pensamiento. El populismo también llegó al gobierno, lo hizo por la vía democrática y con un amplio respaldo popular, eso es innegable, pero también lo es el grado de polarización social y la enorme división social que se fomenta y atiza desde la figura del Presidente López Obrador.

Al gobierno de México le dolió la derrota de Donald Trump. No solamente es una cuestión anecdótica o circunstancial, en realidad es la caída de un amigo, no es mera cuestión de las buenas relaciones diplomáticas, también representa la pérdida de un aliado que convalidó una forma de pensar porque era coincidente.

El presidente López Obrador, sin medir consecuencias o riesgos se prestó para ayudar en la campaña de Donald Trump; su primer viaje al extranjero fue justamente a Estados Unidos, en plena campaña electoral y el 8 de julio intercambió elogios en Washington con el Presidente de Estados Unidos, pero además permitió que su imagen se utilizara en un spot propagandístico del Partido Republicano.

Para el presidente López Obrador la candidatura de Donald Trump era una cruzada personal, un amigo al que se debía ayudar, sin importar que las encuestas lo ubicaban muy lejos de triunfar. Se abandonó la diplomacia y la injerencia en la elección se hizo evidente al grado de molestar a los demócratas y a su candidato, Joe Biden.

Por eso, luego de conocer la tendencia irreversible que marcaba el triunfo del Candidato Democráta, el presidente López Obrador dejó pasar horas y horas para emitir la postura del gobierno de México y cuando lo hizo fue un total desatino.

Andrés Manuel López Obrador dijo en Tabasco que no felicitaría a Joe Biden porque la elección no estaba terminada y recordó que las “cargadas” eran una estrategia de validación por encima del sufragio popular.

La negativa de reconocer y felicitar al ganador, como marcan las normas de la diplomacia no solamente volvió a enfurecer a los demócratas, también alentó el discurso de fraude electoral que Donald Trump esgrime como causa de su derrota electoral.

El deseo personal de López Obrador de que Donald Trump ganara, se convirtió en acción proselitista a su favor y todavía después de la derrota sigue firme con su amigo y aliado; el problema es que durante los próximos cuatro años deberá enfrentar un gobierno que no avalara su política energética, que le va a cuestionar sus políticas públicas, que será hostil y poco amigable.

En ese escenario lo que se avizora es un discurso del gobierno mexicano donde se intensifiquen los señalamientos de injerencia, un afán golpista promovido por Estados Unidos y un recalcitrante discurso nacionalista para enfrentar al poderoso enemigo del Norte que puede ya no ser el gran aliado del gobierno, aunque sí puede ser el factor de respaldo al pueblo.

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