/ lunes 29 de junio de 2020

La refinación en México

Desde 1980 y hasta 1992, México encabezaba el Índice de Seguridad Energética a nivel mundial. Esto es, producía 30% más de energía de la que consumía. No obstante, en los últimos 25 años y a causa del modelo neoliberal, sufrimos un retroceso considerable, pasando a ocupar el sexto lugar entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), en soberanía energética.

En primera instancia, el petróleo crudo no tiene mayor uso. Su utilización requiere del proceso de refinación, del cual se genera no sólo la gasolina, sino también varios derivados con múltiples usos. En segundo lugar, México produce petróleo y tiene capacidad instalada para refinarlo. Finalmente, es mucho más barato refinar que vender crudo e importar gasolina.

Inexplicablemente desde el 2012 se abandonó el Sistema Nacional de Refinación (SNR), con el consecuente daño en los márgenes de utilidad de Petróleos Mexicanos y, el impacto negativo en la balanza comercial petrolera del país. En números, esto implica que a partir de 2013, el SNR pasó de tener una capacidad de procesamiento del 74% a un 33% para 2018, pasando de refinar 1.2 millones a .5 millones de barriles diarios aproximadamente. Es así por lo que en la actualidad, México depende de las importaciones. Hemos perdido incrementalmente la capacidad de autoabastecer nuestro consumo de energía en los últimos 17 años, pasando de tener un superávit del 42% a un déficit del 30%. En términos de nuestra demanda de combustibles, de importar el 12% en 2000, pasamos a importar casi el 70.

La ausencia de una política industrial en el periodo neoliberal que abandonó las actividades de refinación ha impactado seriamente a los consumidores, quienes, antes de entrar el actual gobierno, vieron encarecido en tan sólo 8 años el litro de gasolina en un 90%; es decir, un incremento anual 8.2 pesos por litro.

Además del costo económico y social, este abandono nos hace altamente vulnerables a decisiones del exterior, mermando nuestra soberanía energética, que no es otra cosa más que tener el poder de decisión como estado independiente sobre nuestros recursos energéticos. El refinar nuestro propio crudo nos permitirá, en el mediano plazo, mantener en el país márgenes de utilidad que anteriormente se trasladaban al extranjero.

Refinar es buen negocio. En periodos donde cayó significativamente la producción de crudo, como ocurrió entre 2004 y 2013, la refinación permitió mantener atractivos porcentajes de utilidad. Economías desarrolladas como Japón, España, Alemania o Francia refinan sin producir crudo; y otras como Estados Unidos, China, Rusia o Canadá que si lo hacen, también refinan.

México cuenta con 6 refinerías y se construye la nueva en Dos Bocas, Paraíso, Tabasco, la cual procesará 340,000 barriles diarios de crudo Maya mexicano y nos permitirá producir prácticamente la totalidad del combustible que se consume en el país, permitiendo reubicar a Petróleos Mexicanos como la empresa productiva del estado garante de nuestra soberanía energética y palanca del desarrollo nacional.

Desde 1980 y hasta 1992, México encabezaba el Índice de Seguridad Energética a nivel mundial. Esto es, producía 30% más de energía de la que consumía. No obstante, en los últimos 25 años y a causa del modelo neoliberal, sufrimos un retroceso considerable, pasando a ocupar el sexto lugar entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), en soberanía energética.

En primera instancia, el petróleo crudo no tiene mayor uso. Su utilización requiere del proceso de refinación, del cual se genera no sólo la gasolina, sino también varios derivados con múltiples usos. En segundo lugar, México produce petróleo y tiene capacidad instalada para refinarlo. Finalmente, es mucho más barato refinar que vender crudo e importar gasolina.

Inexplicablemente desde el 2012 se abandonó el Sistema Nacional de Refinación (SNR), con el consecuente daño en los márgenes de utilidad de Petróleos Mexicanos y, el impacto negativo en la balanza comercial petrolera del país. En números, esto implica que a partir de 2013, el SNR pasó de tener una capacidad de procesamiento del 74% a un 33% para 2018, pasando de refinar 1.2 millones a .5 millones de barriles diarios aproximadamente. Es así por lo que en la actualidad, México depende de las importaciones. Hemos perdido incrementalmente la capacidad de autoabastecer nuestro consumo de energía en los últimos 17 años, pasando de tener un superávit del 42% a un déficit del 30%. En términos de nuestra demanda de combustibles, de importar el 12% en 2000, pasamos a importar casi el 70.

La ausencia de una política industrial en el periodo neoliberal que abandonó las actividades de refinación ha impactado seriamente a los consumidores, quienes, antes de entrar el actual gobierno, vieron encarecido en tan sólo 8 años el litro de gasolina en un 90%; es decir, un incremento anual 8.2 pesos por litro.

Además del costo económico y social, este abandono nos hace altamente vulnerables a decisiones del exterior, mermando nuestra soberanía energética, que no es otra cosa más que tener el poder de decisión como estado independiente sobre nuestros recursos energéticos. El refinar nuestro propio crudo nos permitirá, en el mediano plazo, mantener en el país márgenes de utilidad que anteriormente se trasladaban al extranjero.

Refinar es buen negocio. En periodos donde cayó significativamente la producción de crudo, como ocurrió entre 2004 y 2013, la refinación permitió mantener atractivos porcentajes de utilidad. Economías desarrolladas como Japón, España, Alemania o Francia refinan sin producir crudo; y otras como Estados Unidos, China, Rusia o Canadá que si lo hacen, también refinan.

México cuenta con 6 refinerías y se construye la nueva en Dos Bocas, Paraíso, Tabasco, la cual procesará 340,000 barriles diarios de crudo Maya mexicano y nos permitirá producir prácticamente la totalidad del combustible que se consume en el país, permitiendo reubicar a Petróleos Mexicanos como la empresa productiva del estado garante de nuestra soberanía energética y palanca del desarrollo nacional.

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