/ viernes 7 de mayo de 2021

Y hablando de…

El metro y Pepe Mateos

El martes temprano me llamó Fernando para invitarme a comer, y aunque me precio de que he perdido varios sombreros, pero nunca una gorra, tuve que rechazar su invitación por un viaje que ya tenía programado a la Ciudad de México. ¿No tienes nada que ver con la bronca del Metro?, me preguntó, le reviré aclarando que mido como metro y medio, así que no me sentía inmiscuido en la tragedia.

Los lamentables hechos acontecidos el lunes en la Línea 12 del sistema Metro me hacen recordar las palabras que solía decirme mi patrón Pepe Mateos (a quien Dios tiene en su gloria), de que el grave problema de este país es la falta de mantenimiento. Se hacen obras extraordinarias, pero luego no se asigna recurso para mantenerlas, de tal forma que disminuye su utilidad, pierden valor y en algunos casos se convierten en verdaderas trampas mortales.

En el caso de la Línea 12 vale la pena hacer un poco de historia. Su construcción se anunció con bombo y platillo, pues sería la primer gran obra del Sistema de Transporte Colectivo capitalino en cerca de cincuenta años. Además, su inauguración se realizaría supuestamente como parte de la conmemoración del bicentenario del inicio de la lucha de independencia y del centenario del inicio de la revolución mexicana. Sin embargo, al igual que se ha informado recientemente respecto a la refinería de Dos Bocas, su construcción tomó más tiempo costó más cara. Originalmente, se anunció que su costo sería de 17 mil 500 millones de pesos, sin embargo, el gasto final, en ese momento, se elevó hasta los 26 mil millones de pesos. Tomando en cuenta las reparaciones que se le tuvieron que hacer para lograr su funcionamiento, para dos mil dieciocho se estimaba un costo total superaba los 41 mil millones de pesos, casi dos veces y medio el valor originalmente presupuestado.

Con la finalidad de avanzar rápido en la construcción de los veinticuatro y medio kilómetros de vía, se hicieron dos contratos que iniciaron en cada uno de los extremos, pero al llegar al punto de unión las construcciones tenían diferente altura, por lo que fue necesario volver a modificar el proyecto.

Por si algo faltaba, los trenes adquiridos para circular por la vía no eran los adecuados, y por ese motivo en dos mil trece tuvo que hacerse un nuevo contrato para adquirir los correspondientes. No le puedo hablar del costo de los mismos porque la información de ese contrato se reservó, algo que regularmente han hecho las administraciones del hoy partido en el poder (aunque en aquel entonces ocuparon los cargos siendo otro partido).

Seguramente recuerda usted el sismo de septiembre de 2017, por ello fue necesario cerrar de nueva cuenta el servicio de la línea por ochenta y un días, y proceder a las reparaciones, precisamente en ese tramo de Nopalera-Olivos, la cual presentó desprendimiento del recubrimiento y un agrietamiento significativo en su parte inferior,

Y como bien me decía mi patrón, tres cosas son las que ponen en mayor peligro una construcción: el agua, el agua y el agua. El tramo colapsado se encuentra ubicado en las inmediaciones del lago de Xochimilco. Vale recordar que lo que hoy queda de agua en ese lugar es un pequeño charco comparado con la cantidad de agua que durante milenios reposó ahí y que se ha ido infiltrando al subsuelo.

Ese suelo que en un tiempo fue lacustre complica la estabilidad de las construcciones, sobre todo cuando se trata de estas que al soportar grandes pesos en movimiento trasmiten vibraciones, es decir, están en constante movimiento, aunque sea poco perceptible a simple vista. Desde luego, la ingeniería da soluciones para todo, como también me decía mi patrón, pero en este caso no se implementaron medidas de mitigación que absorbieran las vibraciones y evitaran los desplazamientos.

Si a todo ello le sumamos que durante la presente administración el presupuesto de mantenimiento a ese importante medio de transporte se redujo en mil novecientos millones de pesos, y que ante los señalamientos de las fallas las autoridades hicieron oídos sordos, tenemos la receta perfecta para una desgracia.

Criticable también la reacción a la tragedia. La indolencia de la máxima autoridad del país, que como de costumbre reaccionó victimizándose y echando los cargadores a la prensa y sus adversarios, contrastó con la de otros jefes de estado como Justine Trudeau, primer ministro de Canadá, quien sí se tomó el tiempo para expresar su solidaridad.

La negligencia se ha convertido en la constante de la actual administración, y la indolencia ante las consecuencias que la misma causa también, o sea, les vale. Lo mismo se hable de las medicinas para los niños con cáncer, del catastrófico manejo de la pandemia y sus repercusiones económicas, de los accidentes como las explosión del ducto de PEMEX en Tlahuelilpan, o ahora el del metro, y ya no hablemos de los que pueda causar la operación conjunta de los aeropuertos del área metropolitana; la respuesta siempre son los oídos sordos y culpar al pasado, prometiendo que todo se arreglará pronto, al fin, ya hemos domado la curva.

Regresando a lo del agua, debe darnos gusto, y tranquilidad, el hecho que al fin se invierta en solucionar las graves deficiencias del drenaje pluvial de nuestra ciudad, una inversión histórica de más de cuatrocientos millones de pesos, cuyos detalles se los platico otro día en que nos encontremos hablando de…



El metro y Pepe Mateos

El martes temprano me llamó Fernando para invitarme a comer, y aunque me precio de que he perdido varios sombreros, pero nunca una gorra, tuve que rechazar su invitación por un viaje que ya tenía programado a la Ciudad de México. ¿No tienes nada que ver con la bronca del Metro?, me preguntó, le reviré aclarando que mido como metro y medio, así que no me sentía inmiscuido en la tragedia.

Los lamentables hechos acontecidos el lunes en la Línea 12 del sistema Metro me hacen recordar las palabras que solía decirme mi patrón Pepe Mateos (a quien Dios tiene en su gloria), de que el grave problema de este país es la falta de mantenimiento. Se hacen obras extraordinarias, pero luego no se asigna recurso para mantenerlas, de tal forma que disminuye su utilidad, pierden valor y en algunos casos se convierten en verdaderas trampas mortales.

En el caso de la Línea 12 vale la pena hacer un poco de historia. Su construcción se anunció con bombo y platillo, pues sería la primer gran obra del Sistema de Transporte Colectivo capitalino en cerca de cincuenta años. Además, su inauguración se realizaría supuestamente como parte de la conmemoración del bicentenario del inicio de la lucha de independencia y del centenario del inicio de la revolución mexicana. Sin embargo, al igual que se ha informado recientemente respecto a la refinería de Dos Bocas, su construcción tomó más tiempo costó más cara. Originalmente, se anunció que su costo sería de 17 mil 500 millones de pesos, sin embargo, el gasto final, en ese momento, se elevó hasta los 26 mil millones de pesos. Tomando en cuenta las reparaciones que se le tuvieron que hacer para lograr su funcionamiento, para dos mil dieciocho se estimaba un costo total superaba los 41 mil millones de pesos, casi dos veces y medio el valor originalmente presupuestado.

Con la finalidad de avanzar rápido en la construcción de los veinticuatro y medio kilómetros de vía, se hicieron dos contratos que iniciaron en cada uno de los extremos, pero al llegar al punto de unión las construcciones tenían diferente altura, por lo que fue necesario volver a modificar el proyecto.

Por si algo faltaba, los trenes adquiridos para circular por la vía no eran los adecuados, y por ese motivo en dos mil trece tuvo que hacerse un nuevo contrato para adquirir los correspondientes. No le puedo hablar del costo de los mismos porque la información de ese contrato se reservó, algo que regularmente han hecho las administraciones del hoy partido en el poder (aunque en aquel entonces ocuparon los cargos siendo otro partido).

Seguramente recuerda usted el sismo de septiembre de 2017, por ello fue necesario cerrar de nueva cuenta el servicio de la línea por ochenta y un días, y proceder a las reparaciones, precisamente en ese tramo de Nopalera-Olivos, la cual presentó desprendimiento del recubrimiento y un agrietamiento significativo en su parte inferior,

Y como bien me decía mi patrón, tres cosas son las que ponen en mayor peligro una construcción: el agua, el agua y el agua. El tramo colapsado se encuentra ubicado en las inmediaciones del lago de Xochimilco. Vale recordar que lo que hoy queda de agua en ese lugar es un pequeño charco comparado con la cantidad de agua que durante milenios reposó ahí y que se ha ido infiltrando al subsuelo.

Ese suelo que en un tiempo fue lacustre complica la estabilidad de las construcciones, sobre todo cuando se trata de estas que al soportar grandes pesos en movimiento trasmiten vibraciones, es decir, están en constante movimiento, aunque sea poco perceptible a simple vista. Desde luego, la ingeniería da soluciones para todo, como también me decía mi patrón, pero en este caso no se implementaron medidas de mitigación que absorbieran las vibraciones y evitaran los desplazamientos.

Si a todo ello le sumamos que durante la presente administración el presupuesto de mantenimiento a ese importante medio de transporte se redujo en mil novecientos millones de pesos, y que ante los señalamientos de las fallas las autoridades hicieron oídos sordos, tenemos la receta perfecta para una desgracia.

Criticable también la reacción a la tragedia. La indolencia de la máxima autoridad del país, que como de costumbre reaccionó victimizándose y echando los cargadores a la prensa y sus adversarios, contrastó con la de otros jefes de estado como Justine Trudeau, primer ministro de Canadá, quien sí se tomó el tiempo para expresar su solidaridad.

La negligencia se ha convertido en la constante de la actual administración, y la indolencia ante las consecuencias que la misma causa también, o sea, les vale. Lo mismo se hable de las medicinas para los niños con cáncer, del catastrófico manejo de la pandemia y sus repercusiones económicas, de los accidentes como las explosión del ducto de PEMEX en Tlahuelilpan, o ahora el del metro, y ya no hablemos de los que pueda causar la operación conjunta de los aeropuertos del área metropolitana; la respuesta siempre son los oídos sordos y culpar al pasado, prometiendo que todo se arreglará pronto, al fin, ya hemos domado la curva.

Regresando a lo del agua, debe darnos gusto, y tranquilidad, el hecho que al fin se invierta en solucionar las graves deficiencias del drenaje pluvial de nuestra ciudad, una inversión histórica de más de cuatrocientos millones de pesos, cuyos detalles se los platico otro día en que nos encontremos hablando de…



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