/ martes 21 de abril de 2020

“Biblioteca de la periferia”

Juan Carlos Quirarte Méndez

Salesiano, sacerdote. Doctor en Antropología Social

“El compromiso tras el saber”

La semana pasada se compartía en este espacio sobre lo doloroso del saber, considerando así que el conocimiento tiene un costo y muchas de las veces es sufrido. Pero ahora amerita el continuar con otro componente que conlleva el saber, y me refiero aquí que, así como el saber duele, también el saber compromete.

Cuántas veces hemos sido testigos de personas que lamentan haber sabido tal o cuál cosa porque ese conocimiento ya les ha comprometido, porque ahora poseen una verdad que deben ser responsables ante ella pues si se les pregunta y, sabiendo, niegan conocerlo, se está mintiendo. Muchas veces quizá algunos desearían mejor mantenerse al margen, no saber. Dicho con otras palabras: muchas veces se desearía mantenerse en la ignorancia.

Pero como también se ha compartido en este espacio, no existe una única forma de ignorancia. Al menos yo ubico tres: ignorancia no-culpable, ignorancia-culpable e ignorancia de la ignorancia. Las podríamos definir como el no saber porque no se tuvo las posibilidades de saberlo y, por lo tanto, no se tiene la culpa de no saber (ignorancia no culpable), mientras que aquella en la que no se sabe aún teniendo la posibilidad de saberlo pero se ha optado mejor por no acceder a ese conocimiento (esa es la ignorancia culpable) acaba siendo responsabilidad propia el mantenerse en ese nivel de ignorancia; y, por último, es aquella en la que se piensa que todo lo sabe y, por lo tanto, se vive en el engaño porque no es capaz de reconocer que no sabe de tantas cosas (ignora que ignora).

Aquí se quiere acentuar la segunda, la culpable. Esa manera de querer evadir compromiso porque se es consciente que el saber algo me hace responsable de lo que haga (o deje de hacer) con dicho conocimiento.

Hace una semana aquí se compartía que la posición en que ha puesto a toda la humanidad el virus nos trae nuevos saberes que duelen y para muchos son nuevos aprendizajes que entran a través del dolor y padecimiento. Difícilmente alguien puede hoy en día decir que no sabe lo que está ocurriendo e inclusive que no sepa qué hacer. Grandes campañas nos han indicado lo que se debe hacer y no se debe hacer… quien no las conozca podríamos hoy decir que ha optado por una ignorancia culpable, pues ha tenido los medios suficientes para saberlo.

Pero más importante aún es el saber qué se hace con ese saber, es ahí donde radica la frase del saber compromete. Ya que conozco, ya que estoy informado, qué hago con esa información… ¿la apropio?, ¿la asimilo?, ¿la ignoro y sigo con mi propio criterio?, ¿pienso que son cosas sólo para los otros y yo sigo con mi vida?, ¿de qué manera estoy cuidando este mundo que ahora nos toca ser inquilinos?

Nuestra humanidad tiene una grande responsabilidad… por mucho tiempo se ha dado cuenta de esa gran habilidad que tiene como especie en acumular saberes, que le ha dolido a la misma humanidad aprender cosas, ha sido a base de sudores, dolores, muertes incluso de predecesores para que las siguientes generaciones acumulen esos saberes y traten de hacer con ellas lo que sea mejor para la propia especie y para el mundo que habitamos. Pero también hemos sido testigos de lo opuesto, que se han aprovechado esos saberes no para el bien de la especie sino para el bien de algunos, para instalar ideologías, para acumular bienes a costa incluso de ir aniquilando este mundo que es de todos y lo seguirá siendo para quien llegue a este nuestro hogar en lo sucesivo.

Estamos en un momento de la historia de la humanidad en donde no es suficiente -ni tampoco correcto- simplemente querer culpar a los otros para librarse de la responsabilidad. Hoy, quizá como nunca ha sucedido en la historia de nuestra especie, es labor de cada uno y desde cada uno se palpa más concretamente lo necesario que es para los demás el saber hacer uso de esos saberes y, aunque duela, actuar en consecuencia.

Lo que hagamos con estos nuevos saberes, o lo que conscientemente dejemos de hacer aún sabiendo lo que deberíamos hacer, es una responsabilidad que, procesados por los otros o no, debemos ser conscientes de que la misma vida estará para juzgarnos, desde la condición en que nos toca estar, desde las ventajas y los límites. Pero aquí entra también el gran drama del componente tan citado en esta columna. La responsabilidad que se desprende del saber no es exclusiva para lo que haga en mi vida. Hoy esta es una responsabilidad que repercute sólo en mí o los más inmediatos, sino que es una responsabilidad sobre los otros, aquellos con los que co-habito y con-vivo en este mundo que a todos y a nadie pertenece.

Juan Carlos Quirarte Méndez

Salesiano, sacerdote. Doctor en Antropología Social

“El compromiso tras el saber”

La semana pasada se compartía en este espacio sobre lo doloroso del saber, considerando así que el conocimiento tiene un costo y muchas de las veces es sufrido. Pero ahora amerita el continuar con otro componente que conlleva el saber, y me refiero aquí que, así como el saber duele, también el saber compromete.

Cuántas veces hemos sido testigos de personas que lamentan haber sabido tal o cuál cosa porque ese conocimiento ya les ha comprometido, porque ahora poseen una verdad que deben ser responsables ante ella pues si se les pregunta y, sabiendo, niegan conocerlo, se está mintiendo. Muchas veces quizá algunos desearían mejor mantenerse al margen, no saber. Dicho con otras palabras: muchas veces se desearía mantenerse en la ignorancia.

Pero como también se ha compartido en este espacio, no existe una única forma de ignorancia. Al menos yo ubico tres: ignorancia no-culpable, ignorancia-culpable e ignorancia de la ignorancia. Las podríamos definir como el no saber porque no se tuvo las posibilidades de saberlo y, por lo tanto, no se tiene la culpa de no saber (ignorancia no culpable), mientras que aquella en la que no se sabe aún teniendo la posibilidad de saberlo pero se ha optado mejor por no acceder a ese conocimiento (esa es la ignorancia culpable) acaba siendo responsabilidad propia el mantenerse en ese nivel de ignorancia; y, por último, es aquella en la que se piensa que todo lo sabe y, por lo tanto, se vive en el engaño porque no es capaz de reconocer que no sabe de tantas cosas (ignora que ignora).

Aquí se quiere acentuar la segunda, la culpable. Esa manera de querer evadir compromiso porque se es consciente que el saber algo me hace responsable de lo que haga (o deje de hacer) con dicho conocimiento.

Hace una semana aquí se compartía que la posición en que ha puesto a toda la humanidad el virus nos trae nuevos saberes que duelen y para muchos son nuevos aprendizajes que entran a través del dolor y padecimiento. Difícilmente alguien puede hoy en día decir que no sabe lo que está ocurriendo e inclusive que no sepa qué hacer. Grandes campañas nos han indicado lo que se debe hacer y no se debe hacer… quien no las conozca podríamos hoy decir que ha optado por una ignorancia culpable, pues ha tenido los medios suficientes para saberlo.

Pero más importante aún es el saber qué se hace con ese saber, es ahí donde radica la frase del saber compromete. Ya que conozco, ya que estoy informado, qué hago con esa información… ¿la apropio?, ¿la asimilo?, ¿la ignoro y sigo con mi propio criterio?, ¿pienso que son cosas sólo para los otros y yo sigo con mi vida?, ¿de qué manera estoy cuidando este mundo que ahora nos toca ser inquilinos?

Nuestra humanidad tiene una grande responsabilidad… por mucho tiempo se ha dado cuenta de esa gran habilidad que tiene como especie en acumular saberes, que le ha dolido a la misma humanidad aprender cosas, ha sido a base de sudores, dolores, muertes incluso de predecesores para que las siguientes generaciones acumulen esos saberes y traten de hacer con ellas lo que sea mejor para la propia especie y para el mundo que habitamos. Pero también hemos sido testigos de lo opuesto, que se han aprovechado esos saberes no para el bien de la especie sino para el bien de algunos, para instalar ideologías, para acumular bienes a costa incluso de ir aniquilando este mundo que es de todos y lo seguirá siendo para quien llegue a este nuestro hogar en lo sucesivo.

Estamos en un momento de la historia de la humanidad en donde no es suficiente -ni tampoco correcto- simplemente querer culpar a los otros para librarse de la responsabilidad. Hoy, quizá como nunca ha sucedido en la historia de nuestra especie, es labor de cada uno y desde cada uno se palpa más concretamente lo necesario que es para los demás el saber hacer uso de esos saberes y, aunque duela, actuar en consecuencia.

Lo que hagamos con estos nuevos saberes, o lo que conscientemente dejemos de hacer aún sabiendo lo que deberíamos hacer, es una responsabilidad que, procesados por los otros o no, debemos ser conscientes de que la misma vida estará para juzgarnos, desde la condición en que nos toca estar, desde las ventajas y los límites. Pero aquí entra también el gran drama del componente tan citado en esta columna. La responsabilidad que se desprende del saber no es exclusiva para lo que haga en mi vida. Hoy esta es una responsabilidad que repercute sólo en mí o los más inmediatos, sino que es una responsabilidad sobre los otros, aquellos con los que co-habito y con-vivo en este mundo que a todos y a nadie pertenece.

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